Este artículo tiene un contingente especialmente teórico, ya que hablará sobre la construcción de la cultura política española en base al artículo de Jorge Benedicto, La construcción de la ciudadanía democrática en España (1977-2004): de la institucionalización a las prácticas. Este texto, sobre la cultura política de España es además un texto de referencia en la asignatura Sistema político español II de la UNED, aporta una visión amplia y concisa de todo lo que tiene que ver con la evolución de la cultura política española desde la transición hasta el año 2004. Si bien es cierto que tiene mucho que decir sobre esto, me gustaría añadir al final de este artículo, una breve actualización que defina en términos culturales cómo ha sido la evolución desde el 2004 hasta la actualidad, ya que en ese corto periodo de tiempo ha habido grandes transformaciones en lo que a este aspecto se refiere.

Introducción

Hemos empezado hablando de cultura política, pero ¿Qué es cultura política? ¿Qué elementos componen la cultura política? ¿Cuál es la importancia de la cultura política? ¿Cuál es la definición de cultura política?

Según los politólogos Gabriel Almond y Sidney Verba, la cultura política de una nación consiste en el conjunto de orientaciones políticas y actitudes o posturas de las personas hacia su sistema político.

La cultura política tiene tres elementos:

  • El conocimiento y las creencias acerca del sistema político. Lo que consideran la dimensión cognitiva.
  • Los sentimientos hacia el sistema político. Lo que denominan la dimensión objetiva.
  • Los juicios, opiniones y valoraciones que se hacen sobre su sistema político. Lo que califican como dimensión evaluativa.

El concepto de cultura política pone de relieve la forma en que los individuos se relacionan con su medio político, por lo que tiene una importancia de primer nivel a la hora de entender a una sociedad en su conjunto.

Antes de meternos de lleno en un resumen sobre las ideas que desarrolla Jorge Benedicto, llevaremos a cabo una breve introducción a lo que representó la Transición a la Democracia.

La Transición a la Democracia (1975-1978)

Pese a que las fechas en las que se sitúa la Transición a la Democracia, en adelante TD, son algo difusas y no existe un acuerdo exacto para delimitar esta etapa, en este artículo consideraré el periodo de la TD desde la muerte de Francisco Franco en noviembre del año 1975, hasta la aprobación de la Constitución Española en diciembre de 1978.

Tras la muerte del dictador, el panorama político se transformó por completo. El mantenimiento durante casi 40 años de una dictadura autoritaria caracterizada sobretodo los primeros años por una fuerte represión, y en los últimos, por la expansión de una oposición al régimen que ya no tenia tanto que ver con la que había habido durante los años previos a la represión franquista, dan lugar a un panorama político caótico que podríamos describir de la siguiente manera.

La izquierda

Se caracteriza principalmente por ser una izquierda fragmentada tras una época de persecución y fuertes prohibiciones. A pesar de esto el Partido Comunista de España, con Santiago Carrillo y Dolores Ibárruri (Pasionaria) a la cabeza como líderes políticos cobra gran fuerza. La legalización del PCE por parte de Adolfo Suárez marca un antes y un después en la historia democrática de nuestro país y augura una etapa de grandes cambios en lo político, en lo social y desde luego en lo cultural.

Los socialistas estaban divididos en varios partidos, quedando por encima en las elecciones de 1977 el Partido Socialista Obrero Español renovado, que obtiene un resultado cercano al 30%. Además de estos partidos de izquierda, existían otras pequeñas organizaciones de extrema izquierda menos representativas.

El centro

El centro político se convirtió en un espacio equidistante entre la derecha y la izquierda y se caracterizaba por la moderación. Es en este contexto en el que surge el partido Unión de Centro Democrático, como una alternativa moderada, que pronto fue apoyada por un amplio sector de la ciudadanía. Este partido fue liderado por Adolfo Suárez, y surge primero como un partido y posteriormente como una coalición resultado de una mezcla de pequeñas organizaciones políticas que giraban en torno al Presidente del Gobierno. Esa heterogeneidad fue la espada de Damocles sobre la UCD, lo que produjo su desintegración poco después.

La derecha

La derecha atravesaba una crisis de legitimidad debido a que estaba asociada a la política franquista. Esto es así ya que se asociaba a la derecha con el régimen franquista, en gran medida porque sus líderes ocuparon cargos en dicho régimen. El partido de referencia de la derecha era Alianza Popular, que posteriormente pasaría a ser el Partido Popular, recibió en las elecciones del 77 un 8’4% de los votos.

Las fuerzas políticas nacionalistas

El clivaje centro periferia ha cobrado gran importancia en los dos últimos siglos. Durante la represión franquista, los movimientos independentistas fueron silenciados y fuertemente reprimidos, de tal forma que en cuanto cesó la represión y se atisbaron mayores libertades, los movimientos independentistas resurgen con fuerza. En este sentido, surgen nuevos partidos en comunidades autónomas relacionadas históricamente con el independentismo, como lo son Cataluña y el País Vasco. En este contexto surgen partidos como Convergencia i Unió en Cataluña y el Partido Nacionalista Vasco en Euskadi. En este último también surgen Euskadiko Ezquerra y Herri Batasuna.

Una vez finalizadas las primeras elecciones ya se habla de lo que será un sistema de partidos de pluralismo moderado.

La huella de la transición

A finales de los años 70, la Transición Democrática dejó una huella en la cultura política española que giraba en torno a valores democráticos, de moderación en lo político y de mayores libertades en cuanto a lo cultural. Una muestra de esto es el desarrollo de nuevos movimientos contraculturales como la Movida Madrileña o la Movida Viguesa, que son ejemplos del contexto de libertad que se vivió en esos años.

Lo cierto es que a lo largo de los ochenta y los noventa, la visibilidad de los códigos de la transición disminuye, lo que no es un obstáculo para que, a pesar de esto, siga vigente sobretodo en momentos de crisis y conflicto. Ideas como la superación de las dos Españas, el consenso, la reconciliación, o el valor de la Constitución Española del 78 pasan a formar parte del imaginario colectivo, cimentando la unidad de los españoles y la confianza en la democracia.

Uno de los principales elementos que podemos tener en cuenta para hablar en términos estadísticos de la transición, son los datos del Centro de Investigaciones Sociológicas recogidos de forma continuada sobre la valoración positiva sobre la TD mediante la pregunta “Opinión acerca de si la Transición Política es motivo de orgullo para los Españoles.

Serie extraída de la base de microdatos del Centro de Investigaciones Sociológicas

Como vemos, el orgullo que sienten los españoles por la TD muestra dos tendencias claras. Entre 1985 y 2010 el “sí” permanece medianamente estable, con un repunte claro en el 2000, seguido de un leve descenso hasta el 2008. En el año 2010 vemos lo que ya es un claro descenso en la tendencia, quedando por debajo del 72%. Quizás se vea mas claro en el “no”, que permanece estable entre 1985 y noviembre del 2008, con un leve repunte en abril del 2008, seguido de un claro aumento en la tendencia de esta respuesta entre el 2008 y los 10 años siguientes.

Como el autor solo trata la franja temporal de 1977 hasta 2004, hablaremos de estas últimas tendencias más adelante.

Benedicto asegura que existe un recuerdo idealizado de la transición. Que se considere que existe una huella de este proceso histórico no significa que no hayan habido cambios, ya que nos quedaríamos cortos si no consideráramos las transformaciones políticas, económicas y sociales acaecidas en el periodo de tiempo que estamos tratando.

Esto tiene como resultado que se haya puesto en duda algunos consensos de la transición, pero siempre creando una dinámica estable entre la continuidad y el cambio.

Una ciudadanía en proceso de definición

Hasta el año 2004 la ciudadanía atraviesa un proceso de definición en el que su construcción es paralela al desarrollo de una cultura democrática y al proceso de modernización. Los individuos se integran en la comunidad política de forma progresiva mediante dos procesos: la tenencia de derechos y obligaciones políticas, como el voto, por ejemplo; y la intervención en asuntos políticos dentro de su comunidad. Esta ciudadanía democrática se desarrolla en el contexto de la modernización democrática hasta el punto de que una no tiene sentido sin la otra.

Para aclarar estos conceptos, los definiremos en el siguiente apartado y estableceremos cuales son las relaciones que existen entre estos.

Relación entre modernización democrática y ciudadanía

Respondamos entonces a este gran interrogante ¿Que es la modernización democrática? Si tratamos este aspecto de forma sencilla, podríamos definir la modernización democrática como el proceso por el cual el individuo se convierte en ciudadano. Un ejemplo muy claro de esta transformación sería, como ya he mencionado, el voto. En el Franquismo el individuo no podía votar, mientras que en la Democracia, el individuo participa de la vida política de su país, pasando a ser ciudadano. Pero ¿cuánto participa?

La participación política no es una variable dicotómica, sino un espectro en el que existen grados de participación política. El desplazamiento dentro de este espectro hacia la creación de una ciudadanía tiene como motor la modernización democrática.

El camino que se inicia durante la transición representa el reconocimiento de libertades individuales y colectivas, donde la ya mencionada modernización democrática es el camino por recorrer.

Durante los años setenta y ochenta, cuando se empiezan a dar los primeros pasos de modernización, se producen profundas transformaciones en el sistema productivo y en la estructura social, que tienen que ver con la implantación de un sistema capitalista avanzado, creado a imagen y semejanza de los modelos europeos.

Los valores neoliberales centrados en el individualismo y en el mercado como forma de garantizar las libertades y el bienestar generan tensiones entre los sectores más progresistas de la sociedad, y las diversas fallas del sistema democrático tienen como resultado un aumento de la desconfianza en las instituciones políticas. Esta desafección política se convertirá en un rasgo característico de la cultura política de las democracias de final de siglo, lo que supondrá un obstáculo para profundizar en la vida democrática. Es en este contexto en el que se desarrollará la modernización en España, y el desarrollo de su ciudadanía.

Una complicada evolución económica

En los últimos cuarenta años se han sucedido distintos periodos de bonanza y de crisis, donde las prioridades de los distintos gobiernos han sido variables en función del ciclo económico. Sobretodo en los primeros momentos posteriores a la TD, los diversos gobiernos tuvieron un objetivo común, que era introducir la economía española en los flujos económicos europeos e internacionales de un capitalismo occidental ya avanzado, empleando para ello políticas económicas ortodoxas.

Estas políticas consistieron en dar una prioridad estratégica a los equilibrios macroeconómicos llevando a cabo ajustes estructurales, procesos de privatización, reducción del sector público, etc. En este sentido, los distintos gobiernos tienen dos objetivos principales: la flexibilización del mercado de trabajo y el control de la inflación.

Esto acarrea una serie de costes que afectan principalmente a la ciudadanía, como la pérdida de poder adquisitivo, la temporalidad laboral, o la precariedad, elementos que generan vulnerabilidad entre la ciudadanía.

De forma paralela se transforma el sector público mediante la universalización de la educación y la sanidad, y los gastos derivados a prestaciones sociales. No obstante, esta expansión de lo público ha sido a menudo restringida por las necesidades de respetar los equilibrios macroeconómicos.

El Partido Popular a lo largo de su historia en el gobierno se ha propuesto rebajar la presencia del sector público, lo que genera un cambio en las prioridades socioeconómicas, que se centran en crear crecimiento económico y crear empleo, dejando de lado la redistribución de rentas y la equidad.

Los resultados que esto ha tenido han sido en dos direcciones contrarias: por una parte se ha generado crecimiento económico con incrementos anuales del 2 al 3% del PIB, pero como contrapartida, se han incrementado las desigualdades sociales.

Las transformaciones de la vida social

En un mundo complejo donde todo se interrelaciona con todo, es importante tener claro que todos los cambios acaecidos en la economía, tendrán fuertes impactos sobre el modelo social. En este sentido, la acción colectiva da un paso adelante y genera nuevas formas de participación política.

La planificación de la acción colectiva se disgrega progresivamente y se dejan de buscar grandes proyectos con ambición de reformular el sistema, hasta llegar a reivindicaciones más pequeñas pero mejor organizadas.

El caldo de cultivo de esta acción social surge de varios hechos que ocurren en el proceso de modernización democrática, a saber:

  • Incremento del nivel educativo de la población, sobretodo entre los más jóvenes.
  • Intenso proceso de secularización.
  • Emancipación de la mujer e incorporación al mercado laboral, social y cultural.

Estos tres fenómenos reestructuran la escena social española, dotándola de una mayor predisposición a la participación política.

Otro de los fenómenos sin los que no se podría entender la reestructuración social es la inmigración, que se ha convertido en uno de los motores principales del cambio, caracterizada por una gran permisividad de la economía sumergida y del empleo irregular.

La incipiente exclusión de los inmigrantes en la sociedad esta coartada por su acceso a los servicios universales de sanidad y educación, lo que les proporciona un estatus potencial de ciudadano.

La consolidación del sistema político-institucional

Corresponde a la consolidación del sistema político-institucional un lugar importante dentro del proceso de modernización de la España contemporánea.

La mayor singularidad de este modelo institucional es el estado de las autonomías, ya que uno de los problemas históricos de España siempre ha sido la organización territorial, principalmente en cuanto a la definición de una entidad nacional asumida por todos sus ciudadanos, y aunque en este sentido podemos considerar que esta organización territorial ha tenido éxito, no ha estado exenta de problemas.

A pesar de ello, y de que ha sido plasmado de forma bastante abstracta en la Constitución Española del 78, el resultado ha sido un modelo descentralizado en lo administrativo, que delega en las CCAA las políticas de bienestar social. Como contrapartida, este hecho traerá problemas en comunidades históricamente conflictivas en este aspecto, como lo son Cataluña y el País Vasco. Esto dificultará la asunción por parte de los españoles de una identidad nacional reconocida por todos.

Serie extraída de la base de microdatos del Centro de Investigaciones Sociológicas

Si bien la preferencia entre 1984 y 2011 de la ciudadanía sigue decantándose por el modelo actual de organización territorial, también ha generado problemas que tienen que ver con el incremento del gasto público, los nuevos clientelismos y una generalizada sensación de desigualdad entre Comunidades Autónomas.

En lo político, desde la transición democrática hasta la aparición de nuevos partidos políticos como Podemos, Ciudadanos, y en última instancia VOX, la tendencia de nuestro sistema político parece quedarse estancada en un modelo bipartidista imperfecto, que puntualmente necesita contar con el apoyo de partidos independentistas para conseguir llegar al gobierno.

El entramado político queda ocupado por los partidos políticos y crea grandes barreras de entrada a lugares de decisión para la ciudadanía, de tal forma que se genera un potente sentimiento de impotencia y desinterés hacia la política institucional debido a la falta de sensibilidad y receptividad de las verdaderas necesidades ciudadanas, generando opiniones negativas tanto hacia la política, como hacia los políticos.

Una cultura política ambivalente

La cultura política española es ambivalente. Por una parte podemos detectar rasgos tradicionales, pero como contrapartida, no falta innovación, al menos no lo hace por completo. Existen por tanto un conjunto de mezclas entre innovación y tradición que generan una cultura política peculiar con significados contradictorios, pero siempre en el contexto de la moderación tanto política como ideológica, al menos hasta los últimos cambios políticos derivados de la introducción de nuevos partidos en los últimos años.

Esta moderación actúa como un atenuante de los conflictos que tradicionalmente dominaron a nuestro país. Esta moderación fue resultado de la dinámica cultural de la democratización, que produce cambios ligados a la modernización democrática, pero también a las estrategias políticas llevadas a cabo para evitar la confrontación. Esto es un rasgo claro de uno de los valores que persisten desde la transición, como digo, al menos mientras teníamos un modelo bipartidista.

Otro rasgo que contribuye a la construcción de una cultura democrática es la visión por parte de la ciudadanía de la política como algo ajeno, donde no se puede participar mas que mediante el voto.

Esto pone sobre relieve el caldo de cultivo para una participación política que empieza a crecer, apareciendo interesantes fenómenos participativos como los presupuestos participativos, los consejos consultivos o los paneles ciudadanos, que serán el embrión de un aumento de la participación política sin precedentes que tendrá lugar pocos años después. Sin embargo, estos procesos innovadores conviven con las instituciones representativas tradicionales.

En definitiva, este proceso mixto da lugar a un desarrollo parcial de la ciudadanía democrática en España, que participa, pero de forma muy limitada.

La rápida institucionalización de los derechos cívicos

Uno de los datos más positivos de la construcción de la ciudadanía democrática en España fue la rápida institucionalización de los derechos cívicos. Como sabemos, las élites políticas dirigían la política casi en exclusiva, de tal forma que fue su tarea realizar una rápida institucionalización de estos derechos a la europea, creando puntos de conexión con el resto de democracias occidentales.

Si bien esto es cierto, es importante recalcar que esto se hizo con el objetivo de adaptarse al funcionamiento del sistema político neoliberal del capitalismo occidental.

La construcción de un modelo creado desde arriba se debe en gran medida a lo que se denominó el “desencanto” una vez que los ciudadanos vieron los primeros resultados de la TD, de ahí que entre las élites se optara por una rápida institucionalización de la democracia. El producto de esos acuerdos (y desacuerdos) tuvo como resultado la conformación de la Constitución Española de 1978 que era ambicioso en su contenido y que además define las lineas de lo que sería el concepto de ciudadanía formal.

Los especialistas en derecho constitucional consideran que los derechos reconocidos en la Constitución se pueden reducir a tres aspectos concretos:

  • Los derechos personales, como el honor o la vida.
  • Los derechos cívico-políticos, como los derechos a una tutela judicial efectiva o a la participación política.
  • Los derechos económicos, sociales y culturales, como pueden ser los derechos a la protección de la salud, o a hablar una lengua.

Quizás más relevante que estos derechos sean los instrumentos para protegerlos, donde cabe destacar un amplio reconocimiento de libertades públicas y derechos sociales, donde se observa, a su vez, una mayor protección de los primeros que de los últimos. De esta forma, los derechos sociales son presentados como “principios rectores de la política social y económica”.

El estado de bienestar se desarrolla en España como un principio de ciudadanía social, pero este modelo se implanta cuando el modelo europeo de bienestar ya está en crisis. A pesar de esto, este modelo se evoluciona legitimando el cambio democrático y siendo el motor de la modernización en el ámbito socioeconómico.

En este aspecto, es destacable que el modelo de bienestar español está poco definido, aunque muestra una tendencia expansiva de derechos sociales proporcionando una cobertura mediante políticas públicas y servicios sociales.

El desarrollo de estos derechos tiene una naturaleza eminentemente conflictiva, ya que depende en gran medida de la capacidad de negociación de los distintos actores.

A su vez, el modelo de bienestar español se asienta en la tipología de los modelos mediterráneos, poniendo a la familia como el instrumento básico de protección y asistencia social.

Conclusiones del autor

Si llevamos a cabo un análisis global de lo expuesto hasta aquí, observaremos que, al menos hasta donde alcanza la reflexión del autor en cuanto a marco temporal, no se puede llegar a una conclusión concreta de lo que se considera actuar como ciudadano en la democracia española. Principalmente por dos motivos:

  1. La acelerada institucionalización de los derechos cívicos por parte de las altas esferas del poder habrían contribuido a fomentar una concepción de la política como algo ajeno, donde la ciudadanía no participa.
  2. La ausencia de un discurso que sigue al ciudadano en el centro de la reflexión política y que defina el papel que este tiene en los procesos tanto políticos como sociales.

Todo esto genera un distanciamiento entre política y ciudadanía que hace que la participación no tenga un motivo para llevarse a cabo. Este distanciamiento ha sido fomentado en gran medida por las élites políticas proponiendo una visión restrictiva y limitada de la democracia.

El funcionamiento del poder político de forma oligárquica ha favorecido una forma muy concreta de democracia y ciudadanía, donde se pone más énfasis en los procedimientos y las reglas que en las prácticas y los hábitos.

Por otra parte, es vital considerar la dificultad de poner en marcha una auténtica educación para la ciudadanía con valores y actitudes que generen realmente valores cívicos. Esto se debe a la incapacidad de la escuela española de generar espacios donde se fomente el aprendizaje cívico y cree ciudadanos que sepan cómo ejercer sus derechos y responsabilidades en sociedad.

Finalmente, como resultado de todo esto, el Estado se convierte en el punto de referencia donde se depositan las demandas y las necesidades de la ciudadanía, y se le delegan a este la responsabilidad de conseguirlas, lo cual retroalimenta este sistema.

Benedicto concluye que todo esto genera una visión del ciudadano como súbdito del estado. Aunque apunta, que hasta 2004, última fecha analizada por este autor, surgieron nuevos movimientos que parecían estar dando lugar a una mayor presencia de la ciudadanía en los procesos sociales.

Breve actualización personal del autor desde el 2004 hasta nuestros días

Como bien predijo Jorge Benedicto, en el año 2004 ya se vislumbraba el crecimiento de nuevos movimientos de participación ciudadana, pero de lo que estoy bastante seguro es de que no se podía imaginar las intensas transformaciones que surgirían en cuanto a la cultura política de nuestro país.

Varios factores nuevos influyen en este sentido para crear nuevas formas de participación política que pongan a la ciudadanía en el centro de la reflexión. Entre los más importantes destacaría los dos siguientes:

  1. La crisis económica del 2008 y los severos efectos que esto tuvo en el plano socioeconómico.
  2. Los diversos escándalos de corrupción de los distintos gobiernos, que incluso salpicaron a La Corona, manchando de esta forma las manos de las instituciones políticas y generando un clima de desconfianza.

Estos dos desencadenantes prendieron la mecha de multitud de manifestaciones populares que tenían como objetivo realizar cambios en nuestra sociedad, pero esta vez llevados a cabo por los actores que habían sido olvidados hasta este momento: los ciudadanos.

Movimientos como el 15M, la marea blanca, la marea verde, las marchas por la dignidad, etcétera, aparecen como una alternativa innovadora que tienen como objetivo romper con lo tradicional. De aquí salen nuevas ideas y nuevos partidos, tanto por la izquierda, con partidos como Podemos, como por la derecha, con partidos como Ciudadanos, que ya es el gran olvidado, y más adelante VOX.

Estos movimientos sociales regeneran la forma de hacer política en nuestro país cambiando por completo el tablero político antes repartido en su mayoría entre dos partidos, para generar una escena parlamentaria más heterogénea, pasando de un modelo bipartidista imperfecto a un modelo multipartidista, lo que pronto generaría una crisis política que aún hoy cargamos a nuestras espaldas.

En este sentido, se abandonan algunos de los elementos típicos del relato de la transición, como la moderación y otros discursos como el de las dos Españas, entrando en un escenario político con una alta conflictividad. Como este tema es muy amplio, será tratado de manera profunda en otro texto, pero como avance es suficiente.

Si te ha gustado el tema sobre el que ha tratado este artículo ¡no te olvides de compartir en tus redes sociales y dejar un comentario! Personalmente ayudan mucho y motivan a seguir con esta tediosa labor ¡Muchas gracias por leerme!

Corral Díaz, Javier

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